Carnaval, máscaras, canales y amor… Venecia

Ya comenté en mi anterior post que estaba planeando mi próximo viaje… y quiso el azar que éste fuera otra escapadita a una de las ciudades más bellas del mundo: Venecia.

Ocho de la tarde en el aeropuerto de Madrid-Barajas (fui antes de que le cambiaran el nombre), un avión repleto de gente ansiosa por pasar un fin de semana en Italia, un par de horas de vuelo y aterrizaje a una Venecia lluviosa (qué se le va a hacer, no siempre se puede viajar con buen tiempo).

P1020638Cuando bajas del avión, lo más sensato es coger un autobús que te acerque al centro de la ciudad, que es donde se encuentra la gran mayoría de hoteles y, por supuesto, las atracciones turísticas. Una vez que bajas, tienes que cruzar tu primer canal por un puente un tanto original: el puente de Calatrava. Yo puedo reconocer que es un puente muy bonito, que genera un curioso contraste entre lo clásico de la ciudad y el arte contemporáneo, pero tiene un handicap: resbala, y mucho. De modo que recomiento llevar zapatos con la mejor suela posible y agarrarse a la barandilla, que más de uno baja el puente de culo (y no, no ha sido mi caso esta vez). En fin, como era ya bastante tarde, mi misión era la de encontrar mi hotel y descansar tras un día de trabajo, que lo mejor estaría por llegar al día siguiente.

En mi opinión, reservar un hotel con desayuno incluido es un desperdicio, pues no hay mayor placer que levantarte, salir del hotel y tomar un delicioso café en una de las innumerables cafeterías de la ciudad. He de decir que el tiempo acompañó, por lo que pude tomármelo en una terraza, contemplando el paso de locales y turistas que recorrían las calles con diversos propósitos. Tras callejear un poco, llegué a la plaza de San Marcos, presidida por la Basílica del mismo nombre. Un placer para la vista. En una de las esquinas de esta preciosa construcción, podemos contemplar unas pequeñas esculturas de los tetrarcas, junto a los que vale la pena fotografiarse.

Servidora con los tetrarcas, qué cucos que son.
Servidora con los tetrarcas, qué cucos que son.

Subir al Campanille es algo que también recomiento mucho. Yo entiendo que hay que subir mucho, que cansa, que es mucha altura… pero de verdad de la buena que vale la pena. Las vistas son de lo más hermoso que haya podido contemplar jamás. Una vez en la plaza, veremos otro de los edificios más característicos de la ciudad: el Palacio Ducal. Perderse entre sus columnas es una gozada, hasta que llegamos a una pequeña, pero curiosa construcción: el Puente de los Suspiros. Se dice que, una vez que habían sido juzgados, los declarados culpables suspiraban por última vez al pasar por el puente que los llevaría a una prisión de la que, seguramente, no saldrían nunca más. Y mientras tanto, podemos ver el ir y venir constante de góndolas y barcazas por el agua.

Si conseguimos esquivar a las enormes cantidades de turistas que abarrotan las calles y también los diferentes vendedores (reto a más de uno a no comprar ningún recuerdo de los cientos de puestecitos que hay por las calles), llegaremos al Gran Canal, que podremos atravesar si cruzamos por el que seguramente sea el puente más famoso de toda la ciudad: el Puente Rialto. Como pequeño consejo, os diré que la mejor hora para visitarlo y fotografiarlo es por la noche, cuando ya las multitudes se han marchado.

Y otra de las joyas más preciadas de la ciudad es la iglesia de Santa Maria dei Fiore. Una de las construcciones barrocas más impresionantes de la ciudad y, en mi opinión, de obligada visita. Y por lo demás, sabiendo que hay infinidad de monumentos que ver, lo mejor es, una vez más, guardarse el mapa en el bolsillo e ir improvisando, ir paseando por las calles y cruzando los canales y ver a qué rinconcitos llegamos. La verdad es que, teniendo tiempo, es una de las mejores maneras de visitar Venecia.

En la plaza de San Marcos.
En la plaza de San Marcos.

Y como detalle, ya sé que es un súper tópico y seguramente una trampa para turistas, pero la verdad es que yo creo que hay que premiarse todas las pateadas por la ciudad yendo a un restaurante italiano a comer pizza y después a una heladería a por un riquísimo helado.

Sé que a primera vista parece abrumador, pero he de decir que en dos días que estuve en Venecia me dio tiempo a visitar todo lo que quería, lo que pude encontrar y, desde luego, una vez más quedé enamorada de la belleza de la ciudad y recomiendo visitarla.

Así que, tras dos días de intensos paseos, muy a mi pesar, volví a cruzar el puente de Calatrava (también pasé sin caerme, sólo un pequeño resbalón) y emprendí mi viaje de vuelta a casa, donde, como os podréis imaginar, me puse a planear la próxima parada.

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